Pétalos secos
Si a un inconformista le miras a los ojos, te dirá con ellos, que la belleza es un espejismo, que el arte no es perfecto, que la muerte es la dadora de la energía vital, y el nacer es empezar a morir, y el olvido es el maldito dolor de la noche, la soledad el estado inacabado, y la silla de anea sobre la que se sienta la última obra pieza del rompecabezas.
Aunque hace mucho que la ve pasar, el poeta sigue maltratado por su indiferencia, por el dolor de sentirse ajeno a sus arrullos claroscuros, a sus olores violeteros y a su eterno desprecio de princesa de cuento que va causando afecto con su corazón de hielo.
Acaba de pasar con su vestido blanco, su olor a flores, su encanto de duende, sus dos décadas florecientes, pizpireta y ambivalente, una niña sonriente hacia la gente, hacia la gente pudiente y corriente que no sea poeta sentado en una silla de anea.
El poeta, en la sombra, le dedica versos de amor, le entrega en palabras su desdén hecho romanticismo, le suelta piropos a luz de las velas, de las candilejas de otro tiempo, cuando sus quejas no se las llevaba la mentira de sus lamentos.
A veces, el poeta, cree que ha muerto, que ha dejado su silla de anea, su libreto en el cual escribe prosa y versos, y le entrega ramilletes de dulzura para su cuerpo de libélula, para su cabello revuelto en noches de lujuria y besos de incienso bajo lugares sagrados, prohibidos a la razón y al entendimiento.
Cuando el mercado bulle de esperanzas y verduleras lanzando gritos al barullo del mar, la chica especial se cuela por las callejas, deja su bicicleta, coloca sus ramilletes, se atusa el pelo, se hace bella a ojos humanos ya espíritus extraños, es cuando el poeta deja su silla de anea, le compra una flor cualquiera, roza sus dedos, su mano, y avergonzado de aquella caricia robada con plena alevosía, baja desmañado la vista, y se aleja a su rincón de poeta, a rumiar el placer del tacto cálido de aquella mano que tanto ha deseado. Siempre la primera flor comprada es la de un poeta inconformista, - que aun creyendo que la belleza es espejismo, vendería su libertad por ser su esclavo -, que la guarda entre las hojas de un libro que esta escribiendo, cuyas palabras son los pétalos estampados sobre un fondo blanco formando volutas de humo imaginario.
La ciencia le resta tiempo al poeta para acechar los ojos, se siente triste en su trabajo, las cosas en paz le duermen las ganas de triunfar, y sueña con verla pasar, recuerda su mercado medieval, su primera flor, su primer libro con alguna lágrima escurrida, y los favores no pedidos, tiempo perdido en vivir el pasado, esperando el regreso del viento que nunca un día sopló en su favor, pues no supo hacerlo bien.
El poeta pobre de la silla de anea, un triste día de pobreza, le pago su primera flor con una canción que ella no comprendió, que ella rechazó sin escrúpulos ni conmiseración, rompió en cachitos aquel trozo ajado de papel donde él versó sus mejores razones de bohemio y el viento esparció el confeti sobre su rostro, regando su raído traje negro con lluvia de palabras, sus propias palabras escritas para ella revolotearon rotas sobre su cabeza.
El amor escondido se rompió en pedazitos de un enigma sin firma.
El poeta humillado es ajeno al dolor.
Colecciona párpados caídos sobre su silla de anea cuando ella pasa.
Ella es ciega para él y él la sueña desde su silla de anea.
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